domingo, 13 de agosto de 2017

20 Preguntas a los que escriben - Macarena Moraña

Hoy el Blog le tiene a ganar en rating a Juego de Tronos.
Hoy con las 20 preguntas estandarizadas a los que escriben: Macarena Moraña, posiblemente la pluma más sensorial y musical de los últimos tiempos.
¡Infinitas gracias Maca por tu siempre buena disposición!


Macarena Moraña nació en 1977 en Buenos Aires. Coordina talleres de lectura y escritura y realiza columnas literarias tanto para radio —Radio Sur FM 88.3/Radio Madre AM530— como para medios gráficos. Publicó la novela Los escarabajos por editorial Alto Pogo, el libro de cuentos Indómitas, a través del ministerio de cultura, participó en la antología Taco Aguja y en dos novelas de la editorial Pelos de Punta. Algunos de sus cuentos fueron publicados en diversas revistas y diarios, entre ellos La Balandra, Hoy día Córdoba, El pequeño Jerónimo. Escribió los libros infantiles “El secreto de mi abuela Leonor” y “Cuando yo lo decida” para el proyecto Mundo Cronopio de España. Tiene dos hijas mágicas y un nuevo libro entre manos.Su sitio es:  maquimora.wixsite.com/textos



1- ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Qué hay primero? ¿Un lector que se transforma en escritor, o  un escritor que se transforma en lector?
El huevo. Nada. En mi caso, lo segundo.

2- Describime tu escritorio a la hora de sentarte a escribir un texto.
Es un caos tan inevitable como insoportable. Papeles y papeles con anotaciones, libros, uno o más cuadernos, el mate, un vaso siempre ya sin agua, caramelos de mentol, la computadora encendida, la imagen de mis brazos moviéndose para seguirle el ritmo a la mente.   

3- ¿Cuánto hay de tu pedacito de barrio en tu escritura?
Soy tanto una chica de barrio como una chica que escribe. Y moriré siendo las tres cosas: mi barrio, mi escritura, una chica.

4- Todos los escritores recomiendan tomar talleres. ¿Por qué hay que tomarlos?
Para ejercitar. Para cada tanto cumplir con las consignas. Para  quedarte mascullando ideas. Para sentir la impotencia de nunca llegar a ser tan lector como queres. Para leer. Para debatir con otros tus textos y los de ellos. Para tomar vino. Para llorar. Para leer a Barthes. 

5- ¿Cuál es el mejor consejo que te han dado como escritor?
Muchos, pero mencionaré uno que me dio Guillermo Saccomano: a veces hay que escribir diez páginas para quedarse con un párrafo decente. 

6- ¿La mayor alegría literaria que has tenido?
Los escarabajos, mi novela.

7- ¿Qué escritor te robé una idea antes de que se te ocurriera?
Si aun no se me había ocurrido es porque aun no era mía, pero de chica yo creía que el mundo era una gran pantomima que giraba alrededor de mí sin ninguna razón concreta. Todos los que me rodeaban eran actores. Pensaba que, por ejemplo, cuando me metía en el baño, mi madre descansaba de interpretar su papel de madre, mis hermanos del suyo, y así todos. Una especie de Truman Show sin pantalla.

8- ¿Qué se siente haber terminado un texto?
No sé, porque siempre siento que los textos son flexibles, que pueden modificarse a lo largo del tiempo. No obstante cuando llego a decir lo que quiero decir en una frase y pasado un tiempo vuelvo a leerla y la transcribo sin cambiarle nada, quedo cansada, sonriente, y esperando que todo vuelva a empezar. 

9- ¿Qué debe tener un buen texto?
Un buen texto es como una casa en la que vivís durante un tiempo, ya sea el tiempo de la lectura, el de la escritura o el de ambos, por tanto tiene que ser confortable, un lugar en el que no necesites nada más que lo que te ofrece. Pero no hablo de una confortabilidad equivalente al goce, se puede padecer un texto y aun así sentir que no queres salir hasta llegar al final. Un buen texto tiene que tener ese poder, el de abducirte por un rato. También creo que la belleza es una condición fundamental. 

10- ¿Cómo es el lector ideal?
No sé si hay un lector ideal, pero me gusta el lector que entra, que se mete, que se deja seducir, que es crédulo, que no le imprime moral a la lectura, que discute con el texto y sus personajes.   

11- Un buen escritor… ¿se expone sin tapujos? ¿O logra evadirse totalmente?
Me encanta la palabra tapujos. Si los tapujos fueran prendas de vestir, me las sacaría. Me encanta la osadía. También me gusta la evasión a la hora de escribir, sentarme a hacerlo y de golpe levantar la vista y ver que pasaron varias páginas y varias horas sin que me diera cuenta.

12- ¿Qué cosa está sobrevalorada en la literatura?
De un tiempo a esta parte se me hizo insoportable la palabra “cosa”. En ella puede entrar desde un gato, una mesa, un tema de Bon Jovi. Todo es una cosa, así que seria imposible cuantificar todo lo que está sobrevaluado. Puedo decirte que la moda de la llamada literatura del Yo me parece una corriente interesante y asqueante a la vez. Las redes sociales y la exposición han hecho estragos en ese sentido. Pareciera ser importante todo lo que nos pasa: lo que comemos, lo que opinamos sobre astrología, lo que soñamos. Es cierto que se puede hacer literatura con un pedazo de carne podrida, pero para que ese pedazo de carne podrida sea interesante, hay que tratarlo con una destreza que conlleva acaso mas esfuerzo que una buena historia que más o menos se cuenta por sí misma.  

13- Si llegaran los extraterrestres… ¿Qué libro les regalarías como muestra del genio humano?
La metamorfosis, de Kafka.

14- ¿Qué diferencia hay entre tu primer libro, y el texto en el que estés trabajando ahora?
Muchas. Mi primer libro lo escribí a los siete años y fue lo mejor que escribí y escribiré. 
Ahora trabajo en varios textos a la vez y me siento un poco mareada. Advierto mejorías y también vicios por los que tomaría cursos para poder abandonarlos.  Sigo abusando de las enumeraciones, hablo de la orfandad aun cuando me propongo lo contrario, y tarde o temprano me tengo que alejar de mis mejores personajes porque me enamoro de ellos. 

15- ¿Qué rostro tienen tus musas?
El de una señora maloliente que carga bolsas llenas de ¿ropa? El de un hombre sin dientes con los dedos negros de tierra. El de un nene chiquito que fuma y se ríe, el de una nena quemada, el de un hombre hermoso que toca el piano, el mio, de cuando era alguna de las tantas que fui y muchos más.

16-Al mejor estilo Frankenstein… armame un monstruo con partes de diferentes escritores.
La altura fantástica de Julio Cortázar, la sonrisa rural de Sara Gallardo, el cuerpo existencialista de Clarice Lispector, la mirada extraviada y poética de Alejandra Pizarnik, las piernas satánicas de Silvina Ocampo, el pelo enloquecido de Georges Perec, la precisión inverosímil de Jorge Luis Borges. 

17- Un libro que todos recomienden y que no te haya gustado.
No me gusta el tipo la prosa fragmentada ni el lenguaje de la biblia. 

18- ¿Cómo sería un mundo sin libros?
Un desperdicio.

19- Funda una nueva religión. A quiénes se adoraría. Cómo serían los rituales.
El mundo esta mal diseñado. Son los niños quienes deben dirigirlo y diseñar los juguetes. A ellos deberíamos adorar. Es inhumano que haya niños con hambre. Deberíamos vivir para alimentarlos y abastecerlos. Los rituales deberían estar compuestos de tardes de juegos, cuentos, meriendas, mascotas. Supongo que tarde o temprano se convertiría en una tiranía, pero una mucho más divertida e ingeniosa que todas las vividas hasta ahora por la humanidad.
  
20-¿Qué título tendría tu biografía póstuma?
Si es póstuma la escribirá otra persona, así que no sé, dependerá de quien lo haga. Yo quisiera que escribieran algo así como “la enamorada de la literatura” pero es tan cursi que mejor volvamos a la idea de que se encargue otro. 


sábado, 12 de agosto de 2017

¿Quién no pateó alguna vez un velador?

Hace poquito Facebook me recordó que se cumplía un aniversario un aniversario desde que este cuento saliera publicado en el sitio del taller al que concurría.
Surgió de la simple consigna de escribir a partir del título.


¿Quién no pateó alguna vez un velador?



—¿Quién no pateó alguna vez un velador? Porque patear la mesita de luz es posible: al bajarte de la cama el pie está más cerca y si todavía estás dormido… ¡Pum! Te terminás de despertar con ese fuego que te sube por el dedo chiquito hasta la rodilla. Pero hay que patear un velador… y aunque parezca raro es más común de lo que pensás. Y no es que el velador esté en el suelo cuando te levantás, ni que lo agarrés a patadas en un brote de furia, no, nada de eso, el velador está sobre la mesa de luz.

—¿En serio nuca pateaste un velador? Doler, duele igual que la pata de la mesa de luz, sólo que la mesa no se rompe y el velador sí.

—Mirá, mirá como tengo hinchado el dedito, ese me lo hice pelota hace tres días con el velador. El traumatólogo dice que es un esguince, que tome los antiinflamatorios y en una semana se me pasa. Hace seis meses pateé un velador por primera vez, uno lindo, uno de cerámica que me había regalado mi hermana cuando me compré la casa. Me había acostado y tuve un sueño lindo, no me acuerdo que soñé, pero sé que había sido lindo, y como era sábado no puse el despertador, o sea, que me levanté solo y a la hora que quise. Traté de remolonear un rato más, pero cuando me di vuelta noté que había algo raro en la cama, como si las sábanas estuvieran más livianas. Más tarde decidí levantarme y preparar unos mates, y cuando quise bajar de la cama… ¡Pum! Con el dedo chiquito hice mierda el velador. Después de putear en todas las lenguas posibles, incluido el arameo antiguo, me di cuenta de que el velador no estaba en el piso, mejor dicho, ahora sí estaba, pero cuando yo lo pateé estaba en la mesa de luz… lo que no andaba bien era yo, que estaba flotando a unos cincuenta centímetros del piso.

—Y… como asustarme no, pero sí me sorprendí. Después de experimentar esta levitación dando vueltas en la habitación, y no es que me desplazara nadando en el aire como sale en las películas, nada de eso, yo caminaba, sólo que en lugar de pisar el suelo, pisaba el aire. Como te decía, después de unas vueltas me fui a la cocina a preparar el mate. El problema fue que las cosas del mate las guardaba en la alacena de abajo, y por mucho que intentara no lograba descender para alcanzarlas, así que tuve que arreglármelas con la cafetera eléctrica que estaba sobre la mesada. Al segundo café ya había aterrizado.

—Pero mirá si seré pavote, que el próximo velador que compré era uno de bronce.

—Sí, ese que está ahí. Ese no se rompe, pero tu pie sí.

—¡No! Esa no fue la única vez, esa fue la primera, me pasa siempre, y aún así sigo pateándolo… Imaginate, tengo mecanizado que durante cuarenta años me levanté y pisé el piso, y desde hace un par de meses piso el aire, me acuesto pisando donde la gravedad me indica y me levanto flotando. Siempre a los veinte o veinticinco minutos ya aterrizo, el asunto es cuando tengo que salir apurado de casa. En auto no puedo ir, no llego a los pedales. Así que me tomo un taxi, los tipos ponen mala cara, pero me llevan sentado en el techo. Por eso te digo. ¿Quién no pateó alguna vez un velador?

—¿Ah no? ¿Y levantarte flotando?


domingo, 6 de agosto de 2017

20 Preguntas a los que escriben - Daniel Frini

Continúo con las 20 preguntas estandarizadas a escritores amigos. Hoy le toca a Daniel Friniun escritor super talentoso y además ¡tipazo! ¡Gracias Dani por tu buena disposición!


Daniel Frini nació en Berrotarán, Córdoba, Argentina en 1963 y vive en San Martín, Buenos Aires, Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista plástico. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú; y, además, traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán, Hungría y Grecia. Publicó “Poemas de Adriana” (Libros en Red, Buenos Aires, 2000), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) y “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve para Niñas y Niños ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); el Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), el Premio ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia) y el Premio IX Certamen Internacional de Poesía (2011, España).



1- ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Qué hay primero? ¿Un lector que se transforma en escritor, o  un escritor que se transforma en lector?
Respecto del huevo o la gallina, no sabría decirle. No estuve allí cuando ocurrió el hecho. Quizá la Chiqui Legrand sepa algo, ¿por qué no le consulta?
Ahora, en el caso del lector/escritor o escritor/lector; no imagino escribir sin haber sido, antes, lector. Y no un simple lector: se debe haber sido un devorador de libros, revistas, diarios, etiquetas de champúes, desodorantes y envases de arroz; antes de ponerse a escribir. No imagino otra forma y no conozco, entre mis amigos escritores, alguien que no lo haya hecho así.

2- Describime tu escritorio a la hora de sentarte a escribir un texto.
Cambia, casi todos los días, de forma y lugar en la casa. Solía ser en el comedor, con la tele de fondo; o en la mesa de patio, en verano. Recién ahora (y desde no hace más de diez días) pude empezar a armar mi “taller”, en el cuarto que dejó libre mi hijo Alan, al irse a vivir con Marisol. El armado es lento, pero no hay apuro. Son las dos de la mañana, afuera hace 15 grados, pero yo tengo mi estufa, y estoy sentado en mi mesa, escribiendo en la notebook. Me acompaña George Harrison, cantando “I live for you”, en Spotify. Estoy en patas (hay alfombra), con el mate y el termo a un lado (hoy se me antoja dulce, como la mayoría de las veces). Sobre la mesa hay algunos de mis cuadros a medio pintar, unos pinceles y tintas chinas, acrílicos y óleos; mezclados con libros y originales viejos-viejos de poesías (¡En papel! ¡Escritas con birome!), que estoy reciclando para una futura edición. Ahora, Janis Joplin canta “To love somebody”. Buena versión.
3- ¿Cuánto hay de tu pedacito de barrio en tu escritura?
Me tocó en suerte dejar mi territorio de la infancia a los once; y, desde entonces, cambiar varias veces de barrio. Así que, para mí, “barrio” es, ante todo un concepto más que un lugar concreto. En este sentido, hay varios textos míos que transcurren en el barrio o lo usan para permitirme dibujar un personaje y anclarlo a un terreno conocido y querible. 
Por otra parte, en algún punto reniego, como escritor, de esa costumbre de referir una geografía específica de calles, que el lector —salvo que sea mi vecino— no va a reconocer y le va a molestar en su lectura.

4- Todos los escritores recomiendan tomar talleres. ¿Por qué hay que tomarlos?
Antes que nada, debo destacar que creo en la diferenciación entre técnica y arte. La técnica es bastante fácil de transmitir; pero el arte es otra cosa. Creo que, en general, los talleres literarios, aún los talleres creativos, se centran en enseñar la técnica. Yo no los tengo en especial estima, aunque tampoco milito en contra de ellos. He participado en talleres en los que he aprendido mucho, he ido a otros que han sido una verdadera pérdida de tiempo, e intervine en experiencias —talleres on-line, con estructuras muy diferentes a las de un taller convencional— que, para mí, funcionaron muy bien; aunque he encontrado mucho detractores. Lo que sí recomiendo es exponer los textos escritos a lectores/críticos/amigos, algo  así como un test screening de los que se hacen en cine. Y, por favor, leer un poquito sobre ortografía y gramática.
He dictado algunos talleres/seminarios; y allí pretendo direccionarlos hacia el otro camino, el del arte; mostrar otro punto de vista, señalar la magia de un texto, sin centrarme en las cuestiones técnicas. Es un intangible, algo difícil de definir y, por lo tanto, de transmitir. La forma más útil que he encontrado es generando interés en la lectura y el comentario de textos, por los que tengo especial cariño.

5- ¿Cuál es el mejor consejo que te han dado como escritor?
Abelardo Castillo me dijo, una vez (Si, dicho así parece importante, aunque no hago más que usar una de las tantas acepciones metafóricas de la construcción. Castillo lo escribió, yo lo leí; y en tal sentido se puede afirmar que me habló, aunque él nunca supo ni pretendió estar físicamente conmigo): 
“Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: ‘ahí está la ventana’ que ‘la ventana está ahí’. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda la sintaxis es una concepción del mundo”; y puso en palabras algo que yo intuía, sin poder formular.
Me dijo otras cosas, que están en sus “Mínimas para escritores”. Algo parecido me pasó con Borges y con Quiroga.
Entre los que me hablaron sin metáforas, destaca Ricardo Giorno, después de leer un texto mío, algo flojo, dijo: “Me contaste la película. Ahora, mostrámela”. Estuvo bueno.

6- ¿La mayor alegría literaria que has tenido?
Entrar, cierto día, a la habitación de mi hijo Maxi; y ver, enmarcado y colgado en la pared, al primer borrador (más o menos del año ’85, ¡en papel! ¡escrito con birome!) de mi cuento “Éramos un millón de animalitos ciegos”.

7- ¿Qué escritor te robó una idea antes de que se te ocurriera?
En este sentido, he tenido muy mala suerte y he sido bastante anteplagiado. Puedo citar a Borges (gran ladrón), a Bradbury, a Cordwainer Smith, a James Tiptree Jr., a Dick (no le perdono que me haya sacado “El caso Rautavaara”), a Zelazny, a Silberberg, a Clark, a Le Guinn, a Levrero, a Gorodischer, a Giardinelli, a Shua, a…

8- ¿Qué se siente haber terminado un texto?
¿Se termina un texto alguna vez?
Creo que podés desprenderte de un texto, pero nunca darlo por terminado. 

9- ¿Qué debe tener un buen texto?
Ápalala. Ésta es difícil. Me gusta la sorpresa, la vuelta de tuerca inteligente. Supongo que debe tener buen ritmo (lo que no necesariamente implica velocidad), sobriedad en el uso de las palabras, cohesión, buenos cimientos, y una construcción impecable, aunque sea modesta. Pero no sé si todo eso garantiza algo. 
En lo particular, soy partidario de la acción. No. Es más correcto decir que me interesan a los textos amenos. No soy afecto a las largas descripciones ni a las construcciones psicológicas extensas, que fatigan. ¿Viste cuando leés una novela y te salteás diez o veinte renglones, y te dás cuenta que no perdiste el hilo? Bueno, de eso hablo. 

10- ¿Cómo es el lector ideal?
Partimos de muy abajo: mínimamente, debe comprender el texto. Después, podemos sumarle adjetivos: debe ser crítico, escéptico, curioso, abierto, imaginativo, lúdico, inteligente, activo. Debe estar dispuesto al asombro, tener algo de niño que busca dejarse sorprender. Debe tener cierto nivel de conocimientos generales. Debe interrogarse sobre lo que lee, y buscar él mismo las respuestas. Y, por sobre todo, amar los libros.

11- Un buen escritor… ¿se expone sin tapujos? ¿O logra evadirse totalmente?
Un escritor debe ser honesto, aun cuando escriba ficción y el contrato con el lector establezca que ambos saben que el autor está contando algo que no ocurrió (es decir, una mentira). Ahora, no creo que ninguno de estos extremos —exponerse o evadirse— condicione la honestidad como tal. Cada quien lo resolverá a su gusto. Baudelaire o Whitman se expusieron. De Salinger se sabe bastante poco después de “The catcher in the rye”. Pero todos ellos fueron honestos en su escritura.

12- ¿Qué cosa está sobrevalorada en la literatura?
El culto al mainstream. Hay cierta tendencia marketinera que soslaya la existencia de un conjunto bastante grande de autores extraordinarios que, por suerte, aparecen en redes o autoediciones sin que sea difícil encontrarlos. ¿Sabés?, suelo hacer una comparación entre la industria del libro y el fútbol: en éste último está muy viva la figura del cazatalentos, que recorre clubes de barrio o de pueblitos perdidos buscando la próxima joya. Vivo en Buenos Aires y asisto con frecuencia a charlas, seminarios, jornadas, encuentros, cafés literarios, recitales de lecturas y demás (en especial, de dos temas que me interesan: ciencia ficción y microrrelatos) y jamás, nunca, vi a un representante de alguna editorial con cierto renombre, ni actuando a la manera de un cazatalentos ni con ninguna otra excusa. Creo que si asistiesen, se llevarían más de una sorpresa y verían para dónde va, realmente, la literatura.

13- Si llegaran los extraterrestres… ¿Qué libro les regalarías como muestra del genio humano?
¿Tiene que ser uno? Creo que El Quijote, La Divina Comedia, el Romance de los Tres Reinos de Luo Guanzhong, y alguna de las obras de Shakespeare. Seguro, algo de Borges y, si tienen lugar, Las intermitencias de la muerte, de Saramago.
Y, mirá. Se me ocurre, ahora, un libro que, hasta donde sé, no está escrito: una antología de poesía mundial, de todas las épocas; que contenga desde la Epopeya de Gilgamesh y las canciones de Ugarit hasta poemas de Bukowski y Kōichi Iijima.

14- ¿Qué diferencia hay entre tu primer libro, y el texto en el que estés trabajando ahora?
¡Uf! ¡Un universo! Hago la comparación entre mis primeros escritos y los últimos. Digamos que me daba ínfulas de escritor consagrado y suponía que haber leído Sobre héroes y tumbas y la Historia universal de la infamia bastaban para considerarse un profesional. Por suerte, en aquella época no publiqué ningún libro; y el primero salió unos treinta años después, dándome cierto margen para la corrección y hacerlos medianamente dignos.

15- ¿Qué rostro tienen tus musas?
El de mi esposa, Adriana. 

16- Al mejor estilo Frankenstein… armame un monstruo con partes de diferentes escritores.
La magia de García Márquez, la sorpresa brutal de Martin McDonagh, la gracia dramática de Mauricio Kartum, la simplicidad de María Elena Walsh, la imaginación desbordante de Cordwainer Smith, el dominio del idioma de Julio Cortázar, el lenguaje de barrio de poetas como Daniel Salzano o Adrián Abonizio,  la manera de transmitir sentimientos de Casciari, la opresión de Kafka, el terror de Lovecraft, los mundos de Borges, las descripciones de Forn, la soledad de Kawabata, el desgarro de Alejandra Pizarnik, el sufrimiento de Paul Celan y la inmensidad de Proust.

17- Un libro que todos recomienden y que no te haya gustado.
El Ulisses de Joyce. Nunca pude pasar de la cuarta página.

18- ¿Cómo sería un mundo sin libros?
No lo imagino. Es decir, pudiera no haber libros; pero, de seguro, habría narradores a la manera de los guslares búlgaros, por ejemplo; o los graeculi romanos. O videos, o algún tipo de multimedia. O quizá hubiésemos evolucionado en alguna forma de inteligencia colectiva, donde todos estuviésemos comunicados en un cerebro comunitario, depositario de todas las historias. 
Un libro (en papel o digital, da lo mismo) es la manera más extraordinaria de comunicación dentro de una especie eminentemente social, como la nuestra. La oralidad permite comunicarnos con nuestros contemporáneos, pero un libro permite que podamos, ahora, escuchar lo que tenía para contarnos un hombre de hace 100, 500 o 3000 años.

19- Funda una nueva religión. A quiénes se adoraría. Cómo serían los rituales.
Ajá. Interesante coincidencia. Casualmente, estoy trabajando en una nouvelle de ciencia ficción, en tono humorístico, en la que tiene un papel preponderante una nueva religión, que armé desde cero. Te leo las aclaraciones, a modo de notas al pie, que están en un capítulo de la obra, que se llama “Las verdades de la fe” y anda dando vueltas en Internet: 
La Religión Somorguja (por extensión, a los practicantes se los conoce como somorgujos, también llamados somores) es un sistema de dogmas y prácticas asociadas al mito de la «Vieja Tierra», la creencia en la existencia real de un planeta madre de la humanidad. Usan como talismán una botellita o frasquito de vidrio sostenido por un collar, que en su interior y según profesan, contiene tierra de la Tierra. Se identifican entre ellos con una señal en la que (colocando los dedos índice y medio de la mano derecha extendidos y juntos, mientras el pulgar sostiene o aprisiona los dedos anular y menor) con los dos dedos mayores se tocan la mejilla izquierda. Una vieja tradición según la cual recuerdan el lunar con forma de hongo que tenía en esa mejilla un respetado patriarca de la antigüedad y maestro del somorgujismo conocido como Yetento Tizaleni. 
Varias de sus enseñanzas chocan abiertamente con el sistema de leyes impuesto por el Supremo Benefactor, Dictador Amigable y Presidente Eterno, el Teniente General Brigadier Mayor Lakutshm Ilanga ―con quien se inició la Benévola Dictadura de Este Lado de la Galaxia—, hace trece mil quinientos años.
Basan sus enseñanzas en un libro que llaman El Texto (también conocido como Libro del Texto) y que es una colección de lecturas que sirve de base a la liturgia somorguja. Está compuesto por varios libros independientes: «La senda del perdedor, según San Bukowsky», «La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada, según San Márquez», «Manual de Taller del Sistema Eléctrico de la Excavadora Caterpillar 345B», «El Código Vinci, según San Brown», «La Tautología Darwinista según San Vallejo», «Harry Potter y las reliquias de la muerte, según San Rowling», «Anuario Hustler 1997 / 1998», «Ciudad de San Luis contra Minetto, Sixto Claudio sobre estafas reiteradas», «Los records Guinnes 2002», «Predicciones del Horóscopo Chino para el año 2004», «Malignant B-Cell Lymphoma  in  patient with  primary  Sjgren  sindrome, según San Varga y San Kiss». El primer libro, comúnmente llamado «Así Empezó Todo» lleva por título original «Manual de Instalación de la Prensa Neumática ‘El Galeón’ JR200 con PLC»

20- ¿Qué título tendría tu biografía póstuma?
Miralo vos al finado. Es lo que solía decir mi abuelo cuando, para el día de los muertos y en familia, se visitaba el cementerio. Después de dejar unas flores y hacer un rato de compañía a los queridos, se imponía una vuelta para ver las “tumbas nuevas”; todas de aquel tipo que exhibía una fotito ovoide y sepia del fallecido. Mi abuelo me llevaba de la mano; y, de tanto en tanto, se encontraba con un muerto conocido. Con cierta sorpresa, y siempre en voz baja, por respeto al silencio, me decía, por ejemplo “Miralo vos al finado Fernández”. Es una frase nostalgiosa para mí, abarcativa y extraña: relaciona de manera directa mi infancia —el comienzo—y la muerte.



domingo, 30 de julio de 2017

20 Preguntas a los que escriben - Enrique Decarli

Inauguro sección en el blog. La idea de esta sección es hacer 20 preguntas estandarizadas a escritores amigos. Arranco con Enrique Decarli, uno de los primeros artistas que conocí gracias a Cuentos Criollos, y además de un talentosísimo escritor a quien admiro, es una persona súper generosa.
¡Gracias Quique por tu buena disposición!


Enrique Decarli nació en Buenos Aires en el año 1973. Es abogado y músico. Publicó los libros de cuentos Desde la habitación del sur (Libresa, 2009), finalista del Concurso Internacional de Literatura Juvenil organizado en Quito, Ecuador: recomendado para la escuela media por el Ministerio de Educación y Cultura de la Nación Argentina en el marco del Plan de Lectura Nacional 2010; Big Bang (Textos Intrusos, 2013), Jauría (Eloísa Cartonera, 2014), premio “Nuevos Sudaca Border” 2013, Bengalas (Paisanita Editora, 2014), y la novela Flipper (Paisanita Editora, 2016). Su libro de cuentos inédito, Vía Láctea, en abril de 2013 fue finalista del 3er. Concurso de Narrativa Eugenio Cambaceres, organizado por la Biblioteca Nacional Argentina y el Museo de la Lengua. Desde el año 2008 dicta talleres de lectura y narrativa. Vive en Rafael Calzada, provincia de Buenos Aires.


1- ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Qué hay primero? ¿Un lector que se transforma en escritor, o un escritor que se transforma en lector?
Creo que el huevo. Me parece difícil pensar o tener el impulso de escribir (de convertirse en escritor) sin haber disfrutado de la lectura. De haber dicho, antes: qué bueno está esto. Qué bueno debe ser hacer esto. Me gustaría probar.

2- Describime tu escritorio a la hora de sentarte a escribir un texto.
Es, simplemente, el mueble donde está la computadora. Teclado y monitor, pad y mouse. La CPU al costado, abajo. Arriba de la CPU, hojas, usadas para reciclar, y alguna resma en blanco. La impresora a los pies. El equipo de música, al lado del monitor, que permanece apagado mientras escribo. La colección de CD´s en tres estantes por encima del monitor. En general, tomo algo: mate, café, sopa. Así que algo de eso puede haber: una taza, el termo, el mate. No más. Ya ni siquiera fumo mientras escribo. 

3- ¿Cuánto hay de tu pedacito de barrio en tu escritura?
Un poco. No mucho. Casi nada por el barrio en sí mismo, como concepto o como tema. Sino más bien porque son imágenes familiares (estaciones, baldíos, avenidas, cañaverales, personas, etc.) que tengo a mano y que suelo usar aun descontextualizadas.

4- Todos los escritores recomiendan tomar talleres. ¿Por qué hay que tomarlos? 
Yo tomé talleres. No muchos, pero tuve la suerte de ir a uno que me definió. Ni siquiera era un taller de escritura. Era de dramaturgia, con Mauricio Kartún. De su enseñanza extrapolé todo lo que pude a la narrativa. Y aprendí un montonazo. 
También dicto talleres. 
Me parece que hay un par de cuestiones conceptuales que se reproducen en forma de equívoco. Errores de concepto. Formas de pensar equivocadas. No sé por qué, pero verifico en los alumnos iniciales el mismo tipo de creencias: en cuanto al uso del lenguaje, la función de las imágenes, la dimensión ideológica que puede tener un texto, la función (si es que existe alguna función) de la literatura, y etcéteras. Errores que también tuve yo antes de ir a los talleres. 
Me parece que son esos errores los que el taller debe aclarar. Alguien tiene que ofrecerte, fundadamente, la oportunidad de re-analizar esos conceptos desde otro lugar. Eso te abre mucho la cabeza. Con ideas nuevas, podés pensar de nuevo la literatura. A partir de ahí, la escritura es toda del alumno.

5- ¿Cuál es el mejor consejo que te han dado como escritor?
Seguir la imagen. La imagen es todo. La imagen es infinita. Atrás de la imagen, siempre hay más imagen. Las ideas, en cambio, se les terminaron hasta a los filósofos.

6- ¿La mayor alegría literaria que has tenido?
Mi mayor alegría literaria, siempre, es terminar, satisfecho (porque a veces no lo estoy), lo que estaba escribiendo. Esa alegría se repite cada tanto; pero cada vez es nueva, como si fuera la primera vez.
No hay, en verdad, otra mayor.

7- ¿Qué escritor te robó una idea antes de que se te ocurriera?
C.S. Lewis, en las Crónicas de Narnia. La entrada a otro mundo a través del placar. En 1988, a mis quince años, escribí una novelita juvenil que la terminé 20 años después: dos amigos accedían a otro mundo, a través de un portal que había en el placar de la habitación del narrador. Diecisiete años después del primer borrador (en el 2005), con el estreno de la primera película, me desayuné que Lewis las había escrito en la década del 50. ¡Juro que no lo sabía! Entonces cambié de portal. Jeje. Ahora los amigos acceden por una ventana.

8- ¿Qué se siente haber terminado un texto?     
Satisfacción. Felicidad. Plenitud. 
Confirmar que es esto (escribir) lo que quiero hacer y lo mejor que hago (aunque lo haga mal). Para lo que sirvo (aunque no sirva).

9- ¿Qué debe tener un buen texto?
Sólo coherencia. 
Creo que esa virtud abarca y trae el resto. Sobre todo la verosimilitud. 
No creo que haya elementos que uno pueda elegir o indicar como necesarios a priori. Cada historia necesita su dosis de condimentos que le son propios: tensión, conflictos, ciertas imágenes y determinados climas, vínculos personales orgánicos, narrador, un tipo de lenguaje, etcétera.
Pero cada uno de esos aditamentos (que estén o no y en qué medida) debe responder, coherentemente, al universo que se narra.

10- ¿Cómo es el lector ideal?
El lector hospitalario. El que acoge al texto en su imaginación, y permite que sus sueños se sigan ramificando. Me gusta ese lector, que no lo perfilé yo, por supuesto. Lo imaginó Borges, en el epílogo a El libro de arena.

11- Un buen escritor… ¿se expone sin tapujos? ¿O logra evadirse totalmente?
Me parece que hay de los dos tipos de buenos escritores. Los que han hecho una gran obra, o gran parte de su mejor obra, en principio, exponiéndose o usando mucho de su vida -si bien ficcionalizada- como punto de partida  (pienso en Pablo Ramos, por citar algún ejemplo argentino contemporáneo, o en Fabián Casas), y quienes no parten de su vida para escribir libros monumentales (Borges, digamos, Calvino). Y también pienso en escritores que trabajaron ambas zonas. Mario Levrero, por ejemplo. Sus diarios (El discurso vacío y La novela luminosa), parecen tener que ver más con él que sus novelas y cuentos (El lugar, La ciudad, Espacios libres, La máquina de pensar en Gladys). 

12- ¿Qué cosa está sobrevalorada en la literatura?  
 A veces, me parece, un cierto culto a la “espontaneidad”. 
No lo digo como método de trabajo, que bien utilizado puede ser un buen punto de partida para el hecho creativo. Sino, más bien, como postura posterior ante el propio material. No todo lo que se escribe es bueno. En general, creo, poco de lo que se escribe es bueno. No todo puede convertirse en un cuento, una novela, un poema. Aun cuando sea espontáneo. No me parece que la espontaneidad sea una virtud en sí misma. Sigo valorando el laburo de orfebre, de artesano, del autor.    

13- Si llegaran los extraterrestres… ¿Qué libro les regalarías como muestra del genio humano?
La Eneida.

14- ¿Qué diferencia hay entre tu primer libro, y el texto en el que estés trabajando ahora?  
Para empezar, unos diez años de diferencia.
Una actitud diferente con relación al trabajo. Más exigencia al momento de corregir y definir: esto sirve; esto, no.
Un nivel de conciencia mayor con respecto a los propios límites. Más oficio para moverme mejor dentro de esas fronteras. La certeza de que tengo que correrlas.
Sin distinción de género (el primer libro fue de cuentos), estoy laburando unos cuentos y también una novela. En estos últimos tiempos voy intentando, de a poco, variar argumentos, extensiones, narradores, formas e incluso géneros: la novela, por ejemplo, es la primera pieza de ciencia ficción que abordo.

15- ¿Qué rostro tienen tus musas?
En verdad, no lo sé. Nunca las vi ni las imaginé. Sé que existen; pero también creo que habitan una dimensión fantasmática que prefiero no indagar. Cada tanto, tengo la sensación de que cambian. Pero no lo podría afirmar. Es algo que supongo, por ejemplo, cuando empiezo a escribir algo diferente a lo anterior.

16- Al mejor estilo Frankenstein… armame un monstruo con partes de diferentes escritores.
Universos narrativos: Borges.
Argumentos: Ítalo Calvino.
Mi costado femenino: Silvina Ocampo.
Lenguaje: Marcelo Cohen.
Lunfardo: Bernardo Kordon. 
Concisión: Antonio Di Benedetto.
Puntuación: Fogwill.
Serenidad: Pedro Mairal. 
Descripciones: Saer.
Comparaciones: Armonía Somers.
Entraña: Roberto Arlt.
Ingenuidad: Felisberto Hernández.
Angustia: Kafka.
Aspereza: Onetti.
Ironía: Oscar Wilde.
Desmesura: Roberto Bolaño.
Terror: Poe (mi primer amor). 
Humor: Fontanarrosa.
Extrañamiento: Levrero.

17- Un libro que todos recomienden y que no te haya gustado.  
Las hamacas voladoras, de Miguel Briante. 
Quizás debería volver a leerlo.

18- ¿Cómo sería un mundo sin libros?    
Es un paradigma distinto.
Pero historias para contar siempre va a haber. Aun sin libros. Y gente dispuesta a contarlas y gente dispuesta a recibirlas, también. No imagino que desaparezca esa necesidad o ese hábito. 
Supongo que sería volver a la época de la tradición oral. Una par de personas con una memoria prodigiosa, yendo de acá para allá, narrando historias en lugares públicos donde la gente se agolpa a escuchar. 

19- Funda una nueva religión. A quiénes se adoraría. Cómo serían los rituales.
Fundaría una religión en la que se venere la fuerza que organiza el Universo. Llamémoslo Absoluto. Sin rituales. Cada cual tendría que esforzarse por ser, con responsabilidad, la réplica, en escala, de ese orden superior. 

20- ¿Qué título tendría tu biografía póstuma?
Algo más importante que instantes o tropiezos 





martes, 25 de julio de 2017

La lengua de las palomas

Un cuento No-Premiado, pero que me gusta mucho.
Corría el año 2015 y para el concurso Premio Itaú Cuento Digital 2015 escribí el siguiente cuento. El disparador de la idea fue el cuento Como el Rayo de Enrique Decarli, un escritor amigo.



La lengua de las palomas


La Gorda Chachi le señala un corte en el labio inferior y le pregunta si se lo hizo él. Juana niega con la cabeza y se acaricia la herida. Está tan acostumbrada a los golpes del Tristán que ya no llora cuando le toca contarlos. Le explica que “éste”, y se toca la boca, fue de su marido. Su prima le pregunta cómo fue. “¿Lo del Tristán?” “No, lo del Espíritu Santo”. Y entonces la Juana cuenta todo. Que al Tristán se le fundió el motor de la chata, que volvió cabreado, que arreglar eso sale un huevo, que no van a tener con qué hacer las changas, que se van a quedar sin guita, y que apenas llegó a la casa la puteó como si ella le hubiera estropeado la camioneta, que después se tomó unos vinos, que la curda lo puso pesado, que la quiso forzar a tener sexo, y que cuando ella accedió el Tristán estaba tan tomado que no se le despertaba el paquete, y se enojó, se puso como loco, la fajó de lo lindo, la culpaba por ser tan flaca, que no tenía curvas, que ningún hombre se podía excitar con ella por ser tan descarnada, y ahí se puso como una bestia y se ensañó en los golpes, y cuando se cansó de pegarle le pidió que se fuera de la casa, que era tan flaca que ni para calentar la cama servía. Y fue entonces, mientras ella atravesaba el descampado en la total oscuridad de la noche para ver si la Gorda Chachi la podía alojar por esa noche, porque mañana el Tristán como siempre no recordaría que la había echado, fue justo ahí que detrás de los yuyales, justo enfrente del monolito de ese santo al que los vecinos le dejan botellas y cintitas rojas, que apareció él. Al escuchar el sonido de los yuyos pisoteados en el silencio nocturno se asustó. Pero cuando la silueta oscura de quien salió de allí caminó tranquila hasta ella, y la abrazó suave y cariñosamente, al olerlo supo quién era. Sabía que era él, el Espíritu Santo. Las mujeres de la villa a las que se les había aparecido lo habían descrito así, alto, morrudo, y con un insoportable olor a bosta de paloma, como el de una plaza al atardecer. Contó que el aparecido la abrazó con una ternura desconocida en su vida, y que adivinó lo que pasaría. Por la emoción de sentirse elegida para la obra de un ser superior, y porque en su cabeza se mezclaban los malos tratos del Tristán y el amor infinito de Dios, la Juana empezó primero a sollozar para luego soltar un llanto desinhibido. El hombre de la oscuridad ruaba, como las palomas, porque él debía ser mitad hombre mitad paloma, eso le habían contado hacía veinte años en una parroquia de Corrientes donde tomó la comunión. También le acariciaba el pelo y se lo olía, y eso a ella le gustaba, porque ella se lo lavaba una vez a la semana con manzanilla para que le quedara lindo, brilloso y más claro, y le gustaba porque él sí se fijaba en ese detalle, no como el Tristán que le daba lo mismo lo que ella se hiciera. Al cabo de unos minutos, cuando ella se hubo tranquilizado y su mente puesto en blanco, él le besó el labio lastimado, como ese santo del que le habían contado en catecismo que lamía las heridas de los leprosos. La tomó de la mano y la condujo hasta los yuyales. Allí la desvistió despacio y con torpeza, y le hizo el amor. Y en esto la Juana es contundente, “me hizo el amor”, dice, porque fue muy suave y dulce, nada que ver cómo se lo hace el Tristán o los cuatro tipos con los que había estado antes de conocer a su marido.
“¿Y ahora?” Pregunta su prima mientras cuela la tetera y sirve dos tazas de mate cocido. “Y ahora a esperar nueve meses”, contesta la Juana y se toca la barriga con la certeza de que ha sido bendecida con el milagro de la vida en su interior. Cuando la Gorda Chachi le alcanza la taza le pregunta si no tiene miedo de que el niño venga como los otros tres hijos del Espíritu Santo que ya nacieron en la villa, y con un eco de maldad y envidia le recuerda que con ella ya serían nueve las que la paloma bendijo por allí. “No”, le dice segura. “El niño de la Asunción salió tonto porque el marido se dio cuenta que ese bombo no era obra de él y la fajó durante todo el embarazo; la Isabel no se cuidó, comía mal, seguía chupando y no dejó el pucho y ahí tenés, pobre criatura; y el bebé de la Yiya, qué más querés, si todos saben que a ella le faltan algunos caramelos, lo del hijito de la Yiya es pura herencia materna”.
La Juana le da un trago largo a su taza y se tira en el colchón del piso, acomoda la almohada y se tapa con la colcha que su prima ya le tiene asignada para cada vez que el Tristán la raja de casa. La Juana cierra los ojos y dice “hasta mañana”.

* * *
Cuando los dos viejitos se levantan y se marchan, el opa sale de detrás del árbol y se tira de panza al suelo a recoger las miguitas. Ninguna paloma se espanta al verlo aterrizar. Come algunas y guarda las que puede en los bolsillos. Las palomas son buenas, comparten su alimento, no como las personas, que no convidan, y para poder comer tiene que hurgar los tachos de basura o revolver el arenero de la plaza en busca de alguna golosina que se le haya caído a un niño. “Además hablar con las palomas es fácil, las personas ¡tienen tantas palabras!”
Cuando empieza a oscurecer cruza la autopista por el puente. No baja por las escaleras, es más divertido hacerlo saltando de piedra en piedra por el barranco. Se esconde entre los altos yuyos. Tal vez esta noche pase una persona-mujer, ellas son tan buenas como las palomas y huelen rico, y si tiene suerte quizá juegue con él y le haga cosquillas en su cosita.






sábado, 22 de julio de 2017

Vamos a ver (Adelanto Historias e histerias sobre cabellos más fuertes que yuntas de bueyes)

Es febrero en el Camping Universitario de La Florida.  Los pibes disfrutan del agua y del calor sin prestarle atención a dos gorditos que descansan a la sombra de un sauce. Sí, adivinaron: los gorditos somos mi esposa y yo, ella embarazada de ocho meses y mi panza por solidaridad con ella. Mi señora duerme y yo leo los Cuentos Completos de Alberto Laiseca. Cerca nuestro hay una pareja de jóvenes. Calculo que no tendrán más de 16 años. Él, muy acaramelado, ella, fría como un tempano, como si las demostraciones de cariño le molestaran. Me identifico con él. Alguna vez tuve su edad y espanté a unas cuantas pibas por exceso de cariño. Tengo ganas de hablar con él, aconsejarlo, de decirle que si fuera un poco más frío otra sería la historia con su novia. Al fin caigo en lo ridículo de lo que estoy pensando, y comprendo que esas cosas se aprenden solo.


Es de noche. Por el embarazo no puedo fumar en la cabaña. Salgo a dar un paseo, caminata que aprovecho para bajar la comida. Todo el camping está oscuro, apenas se puede ver más allá de la propia nariz. Me arrimo a una bahía y noto como el contorno de dos siluetas jóvenes se dan placer contra la corteza de un árbol. No puedo con las ganas de ser malo. En silencio me arrimo hasta ellos y de golpe prendo un cigarrillo, tratando de que el chispazo del encendedor los ilumine. Les miro la cara con malicia. Los reconozco, ella es la chica que vi esa misma tarde, pero él no es el pibe, sino que es el bañero. Hago como que no los vi y me alejo rumbo a mi cabaña.


Cuando mi señora se acuesta tomo mi cuaderno y trato de hacer justicia, de vengarme, porque la chica no sólo traicionó a su novio, sino que también al gordito que esa tarde se sintió identificado con él.



Las fotos pertenecen al cuaderno donde se escribió el original.


Vamos a ver


Franco les contó al Pancho y al Fede de que en la parada del cole, cuando se iba para la facu, siempre veía a una minita que lo volvía loco, de que no sabía cómo se llamaba, de lo linda que le quedaba esa campera de jean que nunca se sacaba y su pelo negro siempre revuelto; de que ella lo había descubierto un par de veces mirándola y que le había sonreído para luego volver a ignorarlo. El Fede le dijo que la mina seguro quería pija, y el Pancho agregó que a todas las minas les gusta histeriquear, que te sonríen y te ignoran, pero en el fondo te están diciendo cómo me gustaría que me la metas por el culo.
Otro día les contó que una tarde se animó a hablarle, de que le dijo cualquier cosa, de que el cielo estaba feo, de que en cualquier momento se largaba y que para colmo el colectivo no aparecía. Y que ella le había dicho que a ella le gustaba la lluvia, y que él le mintió que a él también. Que le preguntó el nombre y que ella le dijo que se llamaba Cecilia, y que él le dijo que era Franco, y que ella le comentó que ese era un lindo nombre. La mina está con vos, le dijeron sus amigos a coro. Animátele y te la empomás, lo animó el Pancho, y el Fede le dijo que tampoco era para tanto, que si la mina se llamaba así, que si tenía nombre de santa, la iba a tener medio difícil, que todas las minas con nombre de santas que él conocía eran santurronas y que iba a estar un rato largo haciéndose la paja.
Franco les contó al Pancho y al Fede de que en muchos viajes charlaron de cualquier cosa, de que ella era misteriosa, misteriosa pero simpática, que siempre tenía la palabra exacta para todo. Les contó que un día la invitó al cine y que ella primero se hizo rogar, pero que después terminó aceptando, y que fueron a ver Titanic, y les reveló que en la parte en que Di Caprio se ahogaba, ella le tomó la cara entre sus manos suaves y le comió la boca de un beso, un beso con lengua, de que la lengua le hizo cosquillas en el paladar. ¿Se muere Di Caprio? Preguntó el Pancho, y agregó que hubiera pagado por verles las caras a las minas en ese momento, y el Fede, cagándose de risa, le dijo que no iba a poder, que para vérselas iba a tener que prender la luz, y que si prendía la luz en el cine lo iban a moler a palos.
Les había contado que los domingos iban a pasear al parque y que a Cecilia le gustaba que él fuera estudiante, que le había dicho que era mejor que estudiara, que sólo así iba a poder trabajar de lo que le gustaba. Les contó que le había regalado una cadenita con una medalla que decía: Ceci y Franco for ever. Les había contado que una noche ella le escoltó su mano hasta una teta mientras que ella hurgaba en su bragueta, y que después de una acalorada ola de caricias lo llevó hasta la entrada de una casa que decía venderse, que ella se subió la falda y que así nomás hicieron el amor. Les contó que ahí mismo, tendido tras un arbusto que los protegía de la calle, que él le confesó que la amaba y de cómo le dolió el silencio de Cecilia. Las minas son así, le explicaron, dicen que los tipos somos insensibles, pero cuando desnudamos el corazón son ellas las que se ponen en duras, no te hagás los rulos por eso.
Les contó que le había pedido conocer a sus padres y que ella le había dicho que se llevaba muy mal con ellos, que no quería que supieran qué hacía ni qué dejaba de hacer. Él le había querido presentar a los suyos, pero Cecilia argumentó que no era justo, que si él no podía conocer a los de ella, ella no tenía ningún derecho a hacer lo mismo con los de él. Los muchachos se miraron y después lo miraron a él, y Franco les preguntó que qué, que qué significaba esa mirada y ese silencio, y el Fede le dijo que por las dudas no se hiciera muchas ilusiones con esa mina, y aunque no les contestó, sintió esa advertencia como una puñalada a traición.
Les contó que la última vez le había dicho a Cecilia que si bien hacía poco que la conocía, él sentía que no podía vivir sin ella, y que quería que se fueran a vivir juntos, que alquilarían un departamento, que tenía un dinero ahorrado, que con eso pagarían los primeros meses, que le quedaban pocas materias, que en cualquier momento empezaría a ganar plata con lo suyo y que en unos años, si todo salía bien, podrían comprarse una casa, y que ella con lágrimas en los ojos le contestó que ya vamos a ver; y que esa fue la última vez que la vio, nunca más le atendió los llamados, que tampoco se la volvió a cruzar en la parada de colectivos, y que para colmo, con eso de respetarle su espacio, nunca supo dónde vivía, para así, por lo menos, verle la cara y que ella le dijera qué había hecho mal. Y les contó que estaba muy triste, hecho mierda les dijo, que estaba hecho mierda. El Pancho le dijo que no existía una sola mina en el mundo por la que valiera la pena sufrir, y el Fede dijo que apenas se cogiera a otra se olvidaba de Cecilia, y que si él quería, ellos conocían una pendeja divina que los viernes a la noche en el parque la chupaba por quince pesos. Franco les contestó que no, que hasta que no hablara con Cecilia él seguía oficialmente de novio, y el Pancho agregó entre risa que tenés que ver como la chupa, que no la chupa, sino que te la envuelve con la lengua.
Franco les contó a sus amigos que estos últimos tres meses han sido una tortura, que no tiene fuerzas para estudiar, que lo único que hace es lamentarse por Cecilia. El Fede le dijo que no fuera pelotudo, que llevaba más tiempo llorando por la mina que el tiempo que estuvo a su lado. Y el Pancho le insistió que se animara a estar con otra, una aunque fuera para desagotar el tanque, y le recordó de la minita del parque. Cada día la chupa mejor, comentó el Fede, qué cosa rica. Franco les dijo que simplemente ellos no entendían nada, que eran dos animales.


A lo lejos, apartados de la luz del farol el Fede negociaba con la tan famosa minita de los quince pesos. Franco le contó al Pancho que estaba convencido de que a Cecilia le había pasado algo, un accidente tal vez, y le argumentó su teoría, sino era imposible que a ella se la hubiera tragado la tierra, y de cómo se iba a enterar él, cómo le iban a avisar, si la familia de ella desconocía su existencia. Pero si ella estaba muerta, fugada del país, o internada en un manicomio, él no podía seguir perdiendo el tiempo y que la vida debía continuar, después de todo le quedaban rendir sólo tres exámenes y que estar con una loca no sólo no era el fin del mundo, sino que incluso era algo necesario; y el Pancho le contestó que muy bien campeón, muy bien campeón mientras le palmeaba la espalda en un gesto que significaba yo soy tu amigo, tu dolor es mi dolor, no me gusta verte triste y vas a ver que después de que te atienda la minita te sentís mejor, vas a ver qué lindo que la chupa. El Fede llegó con la pendeja y Franco pensó que era realmente hermosa, una de esas minas que de tan bellas no deberían ser putas. La miró fijo a los ojos, le entregó sus quince pesos y bajándose la bragueta le dijo tomá, chupá, puta. Lo que Franco jamás les contaría ni al Pancho ni al Fede, es que esa que estaba ahí abajo, mientras se la chupaba, estaba lagrimeando como esa vez que se fue diciéndole que ya vamos a ver.