domingo, 13 de agosto de 2017

20 Preguntas a los que escriben - Macarena Moraña

Hoy el Blog le tiene a ganar en rating a Juego de Tronos.
Hoy con las 20 preguntas estandarizadas a los que escriben: Macarena Moraña, posiblemente la pluma más sensorial y musical de los últimos tiempos.
¡Infinitas gracias Maca por tu siempre buena disposición!


Macarena Moraña nació en 1977 en Buenos Aires. Coordina talleres de lectura y escritura y realiza columnas literarias tanto para radio —Radio Sur FM 88.3/Radio Madre AM530— como para medios gráficos. Publicó la novela Los escarabajos por editorial Alto Pogo, el libro de cuentos Indómitas, a través del ministerio de cultura, participó en la antología Taco Aguja y en dos novelas de la editorial Pelos de Punta. Algunos de sus cuentos fueron publicados en diversas revistas y diarios, entre ellos La Balandra, Hoy día Córdoba, El pequeño Jerónimo. Escribió los libros infantiles “El secreto de mi abuela Leonor” y “Cuando yo lo decida” para el proyecto Mundo Cronopio de España. Tiene dos hijas mágicas y un nuevo libro entre manos.Su sitio es:  maquimora.wixsite.com/textos



1- ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Qué hay primero? ¿Un lector que se transforma en escritor, o  un escritor que se transforma en lector?
El huevo. Nada. En mi caso, lo segundo.

2- Describime tu escritorio a la hora de sentarte a escribir un texto.
Es un caos tan inevitable como insoportable. Papeles y papeles con anotaciones, libros, uno o más cuadernos, el mate, un vaso siempre ya sin agua, caramelos de mentol, la computadora encendida, la imagen de mis brazos moviéndose para seguirle el ritmo a la mente.   

3- ¿Cuánto hay de tu pedacito de barrio en tu escritura?
Soy tanto una chica de barrio como una chica que escribe. Y moriré siendo las tres cosas: mi barrio, mi escritura, una chica.

4- Todos los escritores recomiendan tomar talleres. ¿Por qué hay que tomarlos?
Para ejercitar. Para cada tanto cumplir con las consignas. Para  quedarte mascullando ideas. Para sentir la impotencia de nunca llegar a ser tan lector como queres. Para leer. Para debatir con otros tus textos y los de ellos. Para tomar vino. Para llorar. Para leer a Barthes. 

5- ¿Cuál es el mejor consejo que te han dado como escritor?
Muchos, pero mencionaré uno que me dio Guillermo Saccomano: a veces hay que escribir diez páginas para quedarse con un párrafo decente. 

6- ¿La mayor alegría literaria que has tenido?
Los escarabajos, mi novela.

7- ¿Qué escritor te robé una idea antes de que se te ocurriera?
Si aun no se me había ocurrido es porque aun no era mía, pero de chica yo creía que el mundo era una gran pantomima que giraba alrededor de mí sin ninguna razón concreta. Todos los que me rodeaban eran actores. Pensaba que, por ejemplo, cuando me metía en el baño, mi madre descansaba de interpretar su papel de madre, mis hermanos del suyo, y así todos. Una especie de Truman Show sin pantalla.

8- ¿Qué se siente haber terminado un texto?
No sé, porque siempre siento que los textos son flexibles, que pueden modificarse a lo largo del tiempo. No obstante cuando llego a decir lo que quiero decir en una frase y pasado un tiempo vuelvo a leerla y la transcribo sin cambiarle nada, quedo cansada, sonriente, y esperando que todo vuelva a empezar. 

9- ¿Qué debe tener un buen texto?
Un buen texto es como una casa en la que vivís durante un tiempo, ya sea el tiempo de la lectura, el de la escritura o el de ambos, por tanto tiene que ser confortable, un lugar en el que no necesites nada más que lo que te ofrece. Pero no hablo de una confortabilidad equivalente al goce, se puede padecer un texto y aun así sentir que no queres salir hasta llegar al final. Un buen texto tiene que tener ese poder, el de abducirte por un rato. También creo que la belleza es una condición fundamental. 

10- ¿Cómo es el lector ideal?
No sé si hay un lector ideal, pero me gusta el lector que entra, que se mete, que se deja seducir, que es crédulo, que no le imprime moral a la lectura, que discute con el texto y sus personajes.   

11- Un buen escritor… ¿se expone sin tapujos? ¿O logra evadirse totalmente?
Me encanta la palabra tapujos. Si los tapujos fueran prendas de vestir, me las sacaría. Me encanta la osadía. También me gusta la evasión a la hora de escribir, sentarme a hacerlo y de golpe levantar la vista y ver que pasaron varias páginas y varias horas sin que me diera cuenta.

12- ¿Qué cosa está sobrevalorada en la literatura?
De un tiempo a esta parte se me hizo insoportable la palabra “cosa”. En ella puede entrar desde un gato, una mesa, un tema de Bon Jovi. Todo es una cosa, así que seria imposible cuantificar todo lo que está sobrevaluado. Puedo decirte que la moda de la llamada literatura del Yo me parece una corriente interesante y asqueante a la vez. Las redes sociales y la exposición han hecho estragos en ese sentido. Pareciera ser importante todo lo que nos pasa: lo que comemos, lo que opinamos sobre astrología, lo que soñamos. Es cierto que se puede hacer literatura con un pedazo de carne podrida, pero para que ese pedazo de carne podrida sea interesante, hay que tratarlo con una destreza que conlleva acaso mas esfuerzo que una buena historia que más o menos se cuenta por sí misma.  

13- Si llegaran los extraterrestres… ¿Qué libro les regalarías como muestra del genio humano?
La metamorfosis, de Kafka.

14- ¿Qué diferencia hay entre tu primer libro, y el texto en el que estés trabajando ahora?
Muchas. Mi primer libro lo escribí a los siete años y fue lo mejor que escribí y escribiré. 
Ahora trabajo en varios textos a la vez y me siento un poco mareada. Advierto mejorías y también vicios por los que tomaría cursos para poder abandonarlos.  Sigo abusando de las enumeraciones, hablo de la orfandad aun cuando me propongo lo contrario, y tarde o temprano me tengo que alejar de mis mejores personajes porque me enamoro de ellos. 

15- ¿Qué rostro tienen tus musas?
El de una señora maloliente que carga bolsas llenas de ¿ropa? El de un hombre sin dientes con los dedos negros de tierra. El de un nene chiquito que fuma y se ríe, el de una nena quemada, el de un hombre hermoso que toca el piano, el mio, de cuando era alguna de las tantas que fui y muchos más.

16-Al mejor estilo Frankenstein… armame un monstruo con partes de diferentes escritores.
La altura fantástica de Julio Cortázar, la sonrisa rural de Sara Gallardo, el cuerpo existencialista de Clarice Lispector, la mirada extraviada y poética de Alejandra Pizarnik, las piernas satánicas de Silvina Ocampo, el pelo enloquecido de Georges Perec, la precisión inverosímil de Jorge Luis Borges. 

17- Un libro que todos recomienden y que no te haya gustado.
No me gusta el tipo la prosa fragmentada ni el lenguaje de la biblia. 

18- ¿Cómo sería un mundo sin libros?
Un desperdicio.

19- Funda una nueva religión. A quiénes se adoraría. Cómo serían los rituales.
El mundo esta mal diseñado. Son los niños quienes deben dirigirlo y diseñar los juguetes. A ellos deberíamos adorar. Es inhumano que haya niños con hambre. Deberíamos vivir para alimentarlos y abastecerlos. Los rituales deberían estar compuestos de tardes de juegos, cuentos, meriendas, mascotas. Supongo que tarde o temprano se convertiría en una tiranía, pero una mucho más divertida e ingeniosa que todas las vividas hasta ahora por la humanidad.
  
20-¿Qué título tendría tu biografía póstuma?
Si es póstuma la escribirá otra persona, así que no sé, dependerá de quien lo haga. Yo quisiera que escribieran algo así como “la enamorada de la literatura” pero es tan cursi que mejor volvamos a la idea de que se encargue otro. 


sábado, 12 de agosto de 2017

¿Quién no pateó alguna vez un velador?

Hace poquito Facebook me recordó que se cumplía un aniversario un aniversario desde que este cuento saliera publicado en el sitio del taller al que concurría.
Surgió de la simple consigna de escribir a partir del título.


¿Quién no pateó alguna vez un velador?



—¿Quién no pateó alguna vez un velador? Porque patear la mesita de luz es posible: al bajarte de la cama el pie está más cerca y si todavía estás dormido… ¡Pum! Te terminás de despertar con ese fuego que te sube por el dedo chiquito hasta la rodilla. Pero hay que patear un velador… y aunque parezca raro es más común de lo que pensás. Y no es que el velador esté en el suelo cuando te levantás, ni que lo agarrés a patadas en un brote de furia, no, nada de eso, el velador está sobre la mesa de luz.

—¿En serio nuca pateaste un velador? Doler, duele igual que la pata de la mesa de luz, sólo que la mesa no se rompe y el velador sí.

—Mirá, mirá como tengo hinchado el dedito, ese me lo hice pelota hace tres días con el velador. El traumatólogo dice que es un esguince, que tome los antiinflamatorios y en una semana se me pasa. Hace seis meses pateé un velador por primera vez, uno lindo, uno de cerámica que me había regalado mi hermana cuando me compré la casa. Me había acostado y tuve un sueño lindo, no me acuerdo que soñé, pero sé que había sido lindo, y como era sábado no puse el despertador, o sea, que me levanté solo y a la hora que quise. Traté de remolonear un rato más, pero cuando me di vuelta noté que había algo raro en la cama, como si las sábanas estuvieran más livianas. Más tarde decidí levantarme y preparar unos mates, y cuando quise bajar de la cama… ¡Pum! Con el dedo chiquito hice mierda el velador. Después de putear en todas las lenguas posibles, incluido el arameo antiguo, me di cuenta de que el velador no estaba en el piso, mejor dicho, ahora sí estaba, pero cuando yo lo pateé estaba en la mesa de luz… lo que no andaba bien era yo, que estaba flotando a unos cincuenta centímetros del piso.

—Y… como asustarme no, pero sí me sorprendí. Después de experimentar esta levitación dando vueltas en la habitación, y no es que me desplazara nadando en el aire como sale en las películas, nada de eso, yo caminaba, sólo que en lugar de pisar el suelo, pisaba el aire. Como te decía, después de unas vueltas me fui a la cocina a preparar el mate. El problema fue que las cosas del mate las guardaba en la alacena de abajo, y por mucho que intentara no lograba descender para alcanzarlas, así que tuve que arreglármelas con la cafetera eléctrica que estaba sobre la mesada. Al segundo café ya había aterrizado.

—Pero mirá si seré pavote, que el próximo velador que compré era uno de bronce.

—Sí, ese que está ahí. Ese no se rompe, pero tu pie sí.

—¡No! Esa no fue la única vez, esa fue la primera, me pasa siempre, y aún así sigo pateándolo… Imaginate, tengo mecanizado que durante cuarenta años me levanté y pisé el piso, y desde hace un par de meses piso el aire, me acuesto pisando donde la gravedad me indica y me levanto flotando. Siempre a los veinte o veinticinco minutos ya aterrizo, el asunto es cuando tengo que salir apurado de casa. En auto no puedo ir, no llego a los pedales. Así que me tomo un taxi, los tipos ponen mala cara, pero me llevan sentado en el techo. Por eso te digo. ¿Quién no pateó alguna vez un velador?

—¿Ah no? ¿Y levantarte flotando?


domingo, 6 de agosto de 2017

20 Preguntas a los que escriben - Daniel Frini

Continúo con las 20 preguntas estandarizadas a escritores amigos. Hoy le toca a Daniel Friniun escritor super talentoso y además ¡tipazo! ¡Gracias Dani por tu buena disposición!


Daniel Frini nació en Berrotarán, Córdoba, Argentina en 1963 y vive en San Martín, Buenos Aires, Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista plástico. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú; y, además, traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán, Hungría y Grecia. Publicó “Poemas de Adriana” (Libros en Red, Buenos Aires, 2000), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) y “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve para Niñas y Niños ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); el Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), el Premio ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia) y el Premio IX Certamen Internacional de Poesía (2011, España).



1- ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Qué hay primero? ¿Un lector que se transforma en escritor, o  un escritor que se transforma en lector?
Respecto del huevo o la gallina, no sabría decirle. No estuve allí cuando ocurrió el hecho. Quizá la Chiqui Legrand sepa algo, ¿por qué no le consulta?
Ahora, en el caso del lector/escritor o escritor/lector; no imagino escribir sin haber sido, antes, lector. Y no un simple lector: se debe haber sido un devorador de libros, revistas, diarios, etiquetas de champúes, desodorantes y envases de arroz; antes de ponerse a escribir. No imagino otra forma y no conozco, entre mis amigos escritores, alguien que no lo haya hecho así.

2- Describime tu escritorio a la hora de sentarte a escribir un texto.
Cambia, casi todos los días, de forma y lugar en la casa. Solía ser en el comedor, con la tele de fondo; o en la mesa de patio, en verano. Recién ahora (y desde no hace más de diez días) pude empezar a armar mi “taller”, en el cuarto que dejó libre mi hijo Alan, al irse a vivir con Marisol. El armado es lento, pero no hay apuro. Son las dos de la mañana, afuera hace 15 grados, pero yo tengo mi estufa, y estoy sentado en mi mesa, escribiendo en la notebook. Me acompaña George Harrison, cantando “I live for you”, en Spotify. Estoy en patas (hay alfombra), con el mate y el termo a un lado (hoy se me antoja dulce, como la mayoría de las veces). Sobre la mesa hay algunos de mis cuadros a medio pintar, unos pinceles y tintas chinas, acrílicos y óleos; mezclados con libros y originales viejos-viejos de poesías (¡En papel! ¡Escritas con birome!), que estoy reciclando para una futura edición. Ahora, Janis Joplin canta “To love somebody”. Buena versión.
3- ¿Cuánto hay de tu pedacito de barrio en tu escritura?
Me tocó en suerte dejar mi territorio de la infancia a los once; y, desde entonces, cambiar varias veces de barrio. Así que, para mí, “barrio” es, ante todo un concepto más que un lugar concreto. En este sentido, hay varios textos míos que transcurren en el barrio o lo usan para permitirme dibujar un personaje y anclarlo a un terreno conocido y querible. 
Por otra parte, en algún punto reniego, como escritor, de esa costumbre de referir una geografía específica de calles, que el lector —salvo que sea mi vecino— no va a reconocer y le va a molestar en su lectura.

4- Todos los escritores recomiendan tomar talleres. ¿Por qué hay que tomarlos?
Antes que nada, debo destacar que creo en la diferenciación entre técnica y arte. La técnica es bastante fácil de transmitir; pero el arte es otra cosa. Creo que, en general, los talleres literarios, aún los talleres creativos, se centran en enseñar la técnica. Yo no los tengo en especial estima, aunque tampoco milito en contra de ellos. He participado en talleres en los que he aprendido mucho, he ido a otros que han sido una verdadera pérdida de tiempo, e intervine en experiencias —talleres on-line, con estructuras muy diferentes a las de un taller convencional— que, para mí, funcionaron muy bien; aunque he encontrado mucho detractores. Lo que sí recomiendo es exponer los textos escritos a lectores/críticos/amigos, algo  así como un test screening de los que se hacen en cine. Y, por favor, leer un poquito sobre ortografía y gramática.
He dictado algunos talleres/seminarios; y allí pretendo direccionarlos hacia el otro camino, el del arte; mostrar otro punto de vista, señalar la magia de un texto, sin centrarme en las cuestiones técnicas. Es un intangible, algo difícil de definir y, por lo tanto, de transmitir. La forma más útil que he encontrado es generando interés en la lectura y el comentario de textos, por los que tengo especial cariño.

5- ¿Cuál es el mejor consejo que te han dado como escritor?
Abelardo Castillo me dijo, una vez (Si, dicho así parece importante, aunque no hago más que usar una de las tantas acepciones metafóricas de la construcción. Castillo lo escribió, yo lo leí; y en tal sentido se puede afirmar que me habló, aunque él nunca supo ni pretendió estar físicamente conmigo): 
“Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: ‘ahí está la ventana’ que ‘la ventana está ahí’. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda la sintaxis es una concepción del mundo”; y puso en palabras algo que yo intuía, sin poder formular.
Me dijo otras cosas, que están en sus “Mínimas para escritores”. Algo parecido me pasó con Borges y con Quiroga.
Entre los que me hablaron sin metáforas, destaca Ricardo Giorno, después de leer un texto mío, algo flojo, dijo: “Me contaste la película. Ahora, mostrámela”. Estuvo bueno.

6- ¿La mayor alegría literaria que has tenido?
Entrar, cierto día, a la habitación de mi hijo Maxi; y ver, enmarcado y colgado en la pared, al primer borrador (más o menos del año ’85, ¡en papel! ¡escrito con birome!) de mi cuento “Éramos un millón de animalitos ciegos”.

7- ¿Qué escritor te robó una idea antes de que se te ocurriera?
En este sentido, he tenido muy mala suerte y he sido bastante anteplagiado. Puedo citar a Borges (gran ladrón), a Bradbury, a Cordwainer Smith, a James Tiptree Jr., a Dick (no le perdono que me haya sacado “El caso Rautavaara”), a Zelazny, a Silberberg, a Clark, a Le Guinn, a Levrero, a Gorodischer, a Giardinelli, a Shua, a…

8- ¿Qué se siente haber terminado un texto?
¿Se termina un texto alguna vez?
Creo que podés desprenderte de un texto, pero nunca darlo por terminado. 

9- ¿Qué debe tener un buen texto?
Ápalala. Ésta es difícil. Me gusta la sorpresa, la vuelta de tuerca inteligente. Supongo que debe tener buen ritmo (lo que no necesariamente implica velocidad), sobriedad en el uso de las palabras, cohesión, buenos cimientos, y una construcción impecable, aunque sea modesta. Pero no sé si todo eso garantiza algo. 
En lo particular, soy partidario de la acción. No. Es más correcto decir que me interesan a los textos amenos. No soy afecto a las largas descripciones ni a las construcciones psicológicas extensas, que fatigan. ¿Viste cuando leés una novela y te salteás diez o veinte renglones, y te dás cuenta que no perdiste el hilo? Bueno, de eso hablo. 

10- ¿Cómo es el lector ideal?
Partimos de muy abajo: mínimamente, debe comprender el texto. Después, podemos sumarle adjetivos: debe ser crítico, escéptico, curioso, abierto, imaginativo, lúdico, inteligente, activo. Debe estar dispuesto al asombro, tener algo de niño que busca dejarse sorprender. Debe tener cierto nivel de conocimientos generales. Debe interrogarse sobre lo que lee, y buscar él mismo las respuestas. Y, por sobre todo, amar los libros.

11- Un buen escritor… ¿se expone sin tapujos? ¿O logra evadirse totalmente?
Un escritor debe ser honesto, aun cuando escriba ficción y el contrato con el lector establezca que ambos saben que el autor está contando algo que no ocurrió (es decir, una mentira). Ahora, no creo que ninguno de estos extremos —exponerse o evadirse— condicione la honestidad como tal. Cada quien lo resolverá a su gusto. Baudelaire o Whitman se expusieron. De Salinger se sabe bastante poco después de “The catcher in the rye”. Pero todos ellos fueron honestos en su escritura.

12- ¿Qué cosa está sobrevalorada en la literatura?
El culto al mainstream. Hay cierta tendencia marketinera que soslaya la existencia de un conjunto bastante grande de autores extraordinarios que, por suerte, aparecen en redes o autoediciones sin que sea difícil encontrarlos. ¿Sabés?, suelo hacer una comparación entre la industria del libro y el fútbol: en éste último está muy viva la figura del cazatalentos, que recorre clubes de barrio o de pueblitos perdidos buscando la próxima joya. Vivo en Buenos Aires y asisto con frecuencia a charlas, seminarios, jornadas, encuentros, cafés literarios, recitales de lecturas y demás (en especial, de dos temas que me interesan: ciencia ficción y microrrelatos) y jamás, nunca, vi a un representante de alguna editorial con cierto renombre, ni actuando a la manera de un cazatalentos ni con ninguna otra excusa. Creo que si asistiesen, se llevarían más de una sorpresa y verían para dónde va, realmente, la literatura.

13- Si llegaran los extraterrestres… ¿Qué libro les regalarías como muestra del genio humano?
¿Tiene que ser uno? Creo que El Quijote, La Divina Comedia, el Romance de los Tres Reinos de Luo Guanzhong, y alguna de las obras de Shakespeare. Seguro, algo de Borges y, si tienen lugar, Las intermitencias de la muerte, de Saramago.
Y, mirá. Se me ocurre, ahora, un libro que, hasta donde sé, no está escrito: una antología de poesía mundial, de todas las épocas; que contenga desde la Epopeya de Gilgamesh y las canciones de Ugarit hasta poemas de Bukowski y Kōichi Iijima.

14- ¿Qué diferencia hay entre tu primer libro, y el texto en el que estés trabajando ahora?
¡Uf! ¡Un universo! Hago la comparación entre mis primeros escritos y los últimos. Digamos que me daba ínfulas de escritor consagrado y suponía que haber leído Sobre héroes y tumbas y la Historia universal de la infamia bastaban para considerarse un profesional. Por suerte, en aquella época no publiqué ningún libro; y el primero salió unos treinta años después, dándome cierto margen para la corrección y hacerlos medianamente dignos.

15- ¿Qué rostro tienen tus musas?
El de mi esposa, Adriana. 

16- Al mejor estilo Frankenstein… armame un monstruo con partes de diferentes escritores.
La magia de García Márquez, la sorpresa brutal de Martin McDonagh, la gracia dramática de Mauricio Kartum, la simplicidad de María Elena Walsh, la imaginación desbordante de Cordwainer Smith, el dominio del idioma de Julio Cortázar, el lenguaje de barrio de poetas como Daniel Salzano o Adrián Abonizio,  la manera de transmitir sentimientos de Casciari, la opresión de Kafka, el terror de Lovecraft, los mundos de Borges, las descripciones de Forn, la soledad de Kawabata, el desgarro de Alejandra Pizarnik, el sufrimiento de Paul Celan y la inmensidad de Proust.

17- Un libro que todos recomienden y que no te haya gustado.
El Ulisses de Joyce. Nunca pude pasar de la cuarta página.

18- ¿Cómo sería un mundo sin libros?
No lo imagino. Es decir, pudiera no haber libros; pero, de seguro, habría narradores a la manera de los guslares búlgaros, por ejemplo; o los graeculi romanos. O videos, o algún tipo de multimedia. O quizá hubiésemos evolucionado en alguna forma de inteligencia colectiva, donde todos estuviésemos comunicados en un cerebro comunitario, depositario de todas las historias. 
Un libro (en papel o digital, da lo mismo) es la manera más extraordinaria de comunicación dentro de una especie eminentemente social, como la nuestra. La oralidad permite comunicarnos con nuestros contemporáneos, pero un libro permite que podamos, ahora, escuchar lo que tenía para contarnos un hombre de hace 100, 500 o 3000 años.

19- Funda una nueva religión. A quiénes se adoraría. Cómo serían los rituales.
Ajá. Interesante coincidencia. Casualmente, estoy trabajando en una nouvelle de ciencia ficción, en tono humorístico, en la que tiene un papel preponderante una nueva religión, que armé desde cero. Te leo las aclaraciones, a modo de notas al pie, que están en un capítulo de la obra, que se llama “Las verdades de la fe” y anda dando vueltas en Internet: 
La Religión Somorguja (por extensión, a los practicantes se los conoce como somorgujos, también llamados somores) es un sistema de dogmas y prácticas asociadas al mito de la «Vieja Tierra», la creencia en la existencia real de un planeta madre de la humanidad. Usan como talismán una botellita o frasquito de vidrio sostenido por un collar, que en su interior y según profesan, contiene tierra de la Tierra. Se identifican entre ellos con una señal en la que (colocando los dedos índice y medio de la mano derecha extendidos y juntos, mientras el pulgar sostiene o aprisiona los dedos anular y menor) con los dos dedos mayores se tocan la mejilla izquierda. Una vieja tradición según la cual recuerdan el lunar con forma de hongo que tenía en esa mejilla un respetado patriarca de la antigüedad y maestro del somorgujismo conocido como Yetento Tizaleni. 
Varias de sus enseñanzas chocan abiertamente con el sistema de leyes impuesto por el Supremo Benefactor, Dictador Amigable y Presidente Eterno, el Teniente General Brigadier Mayor Lakutshm Ilanga ―con quien se inició la Benévola Dictadura de Este Lado de la Galaxia—, hace trece mil quinientos años.
Basan sus enseñanzas en un libro que llaman El Texto (también conocido como Libro del Texto) y que es una colección de lecturas que sirve de base a la liturgia somorguja. Está compuesto por varios libros independientes: «La senda del perdedor, según San Bukowsky», «La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada, según San Márquez», «Manual de Taller del Sistema Eléctrico de la Excavadora Caterpillar 345B», «El Código Vinci, según San Brown», «La Tautología Darwinista según San Vallejo», «Harry Potter y las reliquias de la muerte, según San Rowling», «Anuario Hustler 1997 / 1998», «Ciudad de San Luis contra Minetto, Sixto Claudio sobre estafas reiteradas», «Los records Guinnes 2002», «Predicciones del Horóscopo Chino para el año 2004», «Malignant B-Cell Lymphoma  in  patient with  primary  Sjgren  sindrome, según San Varga y San Kiss». El primer libro, comúnmente llamado «Así Empezó Todo» lleva por título original «Manual de Instalación de la Prensa Neumática ‘El Galeón’ JR200 con PLC»

20- ¿Qué título tendría tu biografía póstuma?
Miralo vos al finado. Es lo que solía decir mi abuelo cuando, para el día de los muertos y en familia, se visitaba el cementerio. Después de dejar unas flores y hacer un rato de compañía a los queridos, se imponía una vuelta para ver las “tumbas nuevas”; todas de aquel tipo que exhibía una fotito ovoide y sepia del fallecido. Mi abuelo me llevaba de la mano; y, de tanto en tanto, se encontraba con un muerto conocido. Con cierta sorpresa, y siempre en voz baja, por respeto al silencio, me decía, por ejemplo “Miralo vos al finado Fernández”. Es una frase nostalgiosa para mí, abarcativa y extraña: relaciona de manera directa mi infancia —el comienzo—y la muerte.